El presidente Gustavo Petro, el martes en Caracas, donde se reunión con Nicolás Maduro.Leonardo Fernandez Viloria (REUTERS)

Los opositores venezolanos viven en un continuo estado de nervios. Cada mañana se levantan y lo primero que hacen es revisar WhatsApp y redes sociales en busca de señales a partir de las cuales interpretar el momento. El chavismo es imprevisible y se maneja con unos códigos propios que todos los que están fuera de su círculo solo pueden adivinar. La política venezolana se maneja por la conjetura más que por el hecho concreto, sobre todo porque estos prácticamente no existen. El miércoles, los antichavistas se despertaron con el rumor de que Gustavo Petro había aprovechado la visita a Maduro para reunirse con algunos de ellos al día siguiente. El asunto estuvo envuelto en cierto misterio. Los que no habían sido llamados vivieron momentos de angustia y empezaron a mandar mensajes a otros colegas en busca de información. ¿Con quién demonios se había reunido Petro?

Él no lo desveló y puso un tuit pretendidamente ambiguo: “Ayer me reuní con el presidente Maduro y hoy con sectores de la oposición venezolana en la perspectiva de construir la paz política”. Con el paso de las horas se supo que se vio con Manuel Rosales, el gobernador del Zulia, que se inscribió a última hora del plazo que habían dado las autoridades para registrar candidaturas. Rosales resulta camaleónico: el chavismo lo persiguió por un caso de corrupción por el que pagó condena. Al salir, se reintegró de manera sorprendente en el complejo sistema político venezolano y le arrebató una región importante al chavismo. Desde allí ha hecho una oposición moderada, muchos dicen que blanda y en acuerdo bajo la mesa con el chavismo. El resto de opositores consideran que Petro se ha visto con él porque eso no altera al chavismo, que no pone impedimentos a Rosales, quizá porque no lo ve un rival que pueda ganarles.

Petro también habló por teléfono con Antonio Ecarri, según fuentes venezolanas. Ecarri también pertenece a esa oposición que se considera una tercera vía, algo distinto a María Corina Machado, por ejemplo. Aboga por sacar al país de la crispación y hacer una transición tranquila. Su discurso hace arquear las cejas a la oposición dura, que le parece tramposo que se iguale a los antichavistas con los oficialistas, que manejan todos los resortes del poder y gobiernan de forma autoritaria. Ecarri flota entre esas aguas y cuenta con el apoyo de algunos exmandatarios extranjeros que no ven mal su candidatura.

Petro no tiene nada que envidiarle a Ecarri en el arte de la ambigüedad. Ha sido muy crítico con la inhabilitación para participar en las elecciones de Machado, una opositora con verdadera fuerza que podría vencer a Maduro, así lo dicen las encuestas. El chavismo, que no tiene un pelo de tonto, no la va a dejar participar bajo ningún concepto alegando asuntos difusos como que no declaró unos gastos durante su etapa de congresista o que apoyó las sanciones de EE UU impuestas a Venezuela. Petro, desde que una sanción de la Procuraduría lo apartó como alcalde de Bogotá, defiende que los cargos electos no pueden ser apartados de su cargo por autoridades administrativas. Si esa medida que le aplicaron a él tuviera validez hoy y no hubiese sido revocada por la CIDH, hoy día no sería presidente. Como siempre ha tenido ese discurso, sería muy contradictorio que cambiara de opinión respecto a María Corina. Así que se lo ha hecho saber al madurismo: le parece mal hurtar los derechos de un candidato de esa manera.

Cuando se acabó el plazo de las inscripciones y no le permitieron registrarse ni a Machado ni a su sustituta, la reputada académica Corina Yoris, el asunto era demasiado evidente como para dejarlo pasar. Una catarata de países denunció el procedimiento electoral venezolano. Colombia se sumó a las críticas a través de su Cancillería. La respuesta del ministro de Exteriores venezolano, Yván Gil, fue durísima: acusó al Gobierno de Petro de injerencia y de estar al servicio de EE UU. Gil no fue especialmente ingenioso, el chavismo recurre a esas descalificaciones cuando alguien lo cuestiona. Lo que sorprende es lo que ocurrió días después. Petro calificó de “golpe antidemocrático” la inhabilitación Machado. Era un lenguaje grueso que hasta entonces nunca había utilizado desde que restableció relaciones con Maduro. ¿Cuál fue la respuesta del chavismo? Ninguna.

En vez de eso se organizó una reunión entre el canciller colombiano, Luis Gilberto Murillo, y Gil en el lado colombiano de la frontera, en Cúcuta. De allí salieron buenas palabras y seguramente se acordó que Petro visitara Caracas el lunes. De nuevo, ambiente cordial, críticas al ecuatoriano Daniel Noboa por el asalto a la embajada mexicana y Benjamín Netanyahu por la masacre en Gaza. Los cuestionamientos de Petro sobre el sistema electoral venezolano quedaron enterrados, debajo de algunas de las alfombras de corte francés que decoran los suelos del Palacio de Miraflores. Petro durmió esa noche en Caracas y madrugó para verse con Rosales. Los opositores enfadados creen que Maduro no permitió que se viera con Machado, aunque parecen unas declaraciones hechas desde el despecho. Seguramente Petro calculó que era hora de calmar los ánimos con el chavismo y no forzar la máquina. De aquí a que se celebren las elecciones presidenciales venezolanas, el 28 de julio, esto dará muchas vueltas y se tensarán y destensarán las relaciones. El siguiente gesto puede ser para la oposición dura. Petro vive fomentando ese equívoco.

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